Hace sólo una semana que llegamos de Estambul y aún las fotografías están intactas en la memoria, como esta instantánea, un regalo con el que no se cuenta, un día cualquiera en una tarde improvisada en la que nos subimos a un barco para llegar a uno de los lugares sagrados del islam: Eyüp.
La cámara estaba siendo descubierta pese a que lleva dos años acompañándome, y los colores del atardecer en el Cuerno de Oro evocaban las fotos que fueron tomadas guíadas por las indicaciones de Murat y por ese despertar de emociones que surge en la ciudad que une dos continentes que no acaban de encontrarse y que esconde la amargura de un imperio acabado que empuja para rehacerse entre bazares, pañuelos, carne de cordero y ojos de la suerte.
Estambul es puente de constante retorno.
martes 11 de agosto de 2009
Atardece en el Cuerno de Oro
domingo 25 de enero de 2009
Surcos

Cicatrices, que esconden el dolor que nos penetró, imposibles de difuminar, ni siquiera con la fuerza del tiempo y su justicia inexorable.
Versos inacabados que dejaron un espacio desaprovechado de un párrafo que nunca se empezó, rompiendo el ritmo de la poesía.
Deseos quebrantados por la realidad implacable; anhelos colgados en el aire con la esperanza puesta en una nueva oportunidad que quién sabe si arribará...
Rostros que se desvanecieron y que reaparecen en las noches gélidas en camas parcialmente vacías, en los días rojos del calendario, en las horas crudas por las plazas con fuentes y sin farolas, por los paseos solos, durante las tardes de domingo al haber enmudecido el teléfono.
Miradas de un lacónico segundo que nos traspasaron las pupilas y se desaparecieron entre la multitud.
El lugar que dejamos para plantar algo que nos filtra el aliento y las ganas de futuro.
El espacio de tiempo que dura la duda.
La barrera que creamos entre nosotros y los otros.
Las líneas de la piel que definieron los años: en la cara, en las manos...
El rayón azul Bic en medio de una página en blanco.
La nota desafinada que partió el silencio.
Los restos de la goma que quedaron sobre la mesa impoluta donde escribía este Surcos de melancolía.
El rastro de nosotros que esperamos dejar en los que significaron algo más que casualidad y sincronía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

